La cuestión del dinero es muy emocional y la mayoría de nosotros tenemos sentimientos ambivalentes con respecto a él:
Por una parte necesitamos la seguridad y comodidad que puede proporcionarnos; por otra, sentimos cierto temor a que el éxito financiero corrompa nuestros principios éticos.
Ciertamente, la televisión y las películas han hecho mucho por crear una imagen de la gente rica como modelo de intrigante y maquiavélico.
¿Cuándo fue la última vez que has visto un programa en que el «bueno de la película» estaba representado por una persona adinerada?
En los círculos religiosos se cita a menudo de forma equivocada a la Biblia, aunque lo hagan con la mejor intención del mundo. En vez de pensar que el ansia de dinero es la raíz de toda la maldad algunas personas interpretan que el dinero es la raíz de toda maldad. Naturalmente, lo correcto es citar la frase bíblica íntegramente.
Si conviertes al dinero en tu único amo y te afanas en enriquecerte con exclusión y a costa de otros valores más importantes, estás perdiendo, en lugar de ganar.
Sin embargo. vamos a analizar esta cuestión: si pudieras ganar más, ¿deberías hacerlo? ¿En el tiempo que destinas a trabajar y ganar dinero, no deberías intentar conseguir lo máximo posible?
La mayor satisfacción de la vida la obtienen aquellos que se proponen sacar el máximo rendimiento de todo lo que tienen. De hecho, si no rendimos al máximo de nuestras facultades, pueden producirse serios problemas psíquicos.
Los humanos somos seres con iniciativa emprendedora. Las estaciones del año suponen un reto para nosotros. Vemos la tierra, el sol, la lluvia y la semilla, y sentimos cómo nos estimulan para que los dominemos y amaestremos.
Es como si la vida y la naturaleza nos estuvieran diciendo ¿Tienes ingenio suficiente como para hacer de nosotros algo sin igual? Sólo somos materia prima. ¿Eres capaz de crear algo único de nosotros?
Los seres humanos son emprendedores por naturaleza, por lo tanto, no deberíamos sentirnos desanimados, sino ansiosos por conseguir una alta productividad, el pleno desarrollo de todo el potencial de nuestras diversas partes vitales, la utilización de nuestro ingenio en su totalidad, incluyendo también el aspecto de creación de riqueza. En esto consiste la esencia de la vida.
Las personas inteligentes saben que lo que importa no es la cantidad; lo que realmente cuenta es utilizar al máximo las aptitudes que nos ha dado Dios.
Esta última idea, —hacer todo lo que podamos con lo que tenemos—, es el tema central de un libro muy interesante. El libro se titula El hombre más rico de Babilonia, escrito por George Clason. Es un libro tan pequeño que se puede leer sin interrupción, pero recoge todos los puntos fundamentales.
Nuestros actos y nuestras compras dicen mucho respecto de nuestra forma de ser. Revelan nuestro concepto de la vida, nuestras actitudes, conocimientos e ideas, —incluso nuestro carácter. Estos actos externos reflejan nuestro mundo interior y proporcionan una constante referencia de nuestra capacidad de percepción y valoración de la vida.
Hay un proverbio que dice: ¿Por qué hablas tan alto? No oigo lo que dices. Es inevitable. Todas las cosas son señal de algo. Son síntomas de algo correcto o de algo equivocado. Por eso es prudente no ignorar los síntomas. Si algo en tu vida no funciona bien, los síntomas actúan como alarma previa anunciando, a quien quiera escucharlos que deben cambiarse.
Por ejemplo, puedes analizar tu forma de vivir y tu relación con tus ingresos. Si estás gastando más de lo que ganas vas camino de suicidarte lentamente en el plano económico.
Tu próximo «capricho», pagado a plazos naturalmente, puede ser sólo una nueva dosis de veneno servida, eso sí, en bandeja de plata.
Analiza lo que haces con tus actuales ingresos. ¿Los empleas de forma prudente, no gastando más del 70% del total? ¿Está viviendo a un nivel de cientos o miles de dólares superior al de tus ingresos? Presta atención a los síntomas antes de que sea demasiado tarde.
Mucha gente dice: Si tuviera más dinero podría hacer mejores planes. Pero lo correcto sería: Si hiciese mejor mis planes, tendría más dinero. ¡Esta es una frase fundamental!
Lo que importa no es la cantidad; lo que importa es el plan. Lo fundamental es cómo invertir, no cuánto invertir.